
¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿Qué sucede después de la muerte? Estas preguntas existenciales atraviesan todas las épocas y todas las culturas. Lejos de ser simples curiosidades de barra, tienen una larga historia que mezcla filosofía antigua, teología medieval y, más recientemente, neurociencias y psiquiatría.
Cuando la filosofía transforma las preguntas existenciales en disciplina
Antes de ser temas de podcasts o de conversaciones tardías entre amigos, las grandes interrogantes sobre el sentido de la vida eran el terreno de juego de los filósofos griegos. Sócrates, en el siglo V antes de nuestra era, planteaba sus preguntas en las calles de Atenas. Su método consistía en interrogar a sus interlocutores hasta que se dieran cuenta de que no sabían lo que creían saber.
Aristóteles, por su parte, formalizó la cuestión de la felicidad bajo el término eudaimonia, que a menudo se traduce como “vida plena”. No era una felicidad pasiva. Era una actividad del alma conforme a la virtud, ejercida a lo largo de toda una vida.
¿Te has dado cuenta de que la pregunta “¿por qué estoy aquí?” aparece a menudo en momentos de ruptura (duelo, separación, cambio de carrera)? Este vínculo entre crisis personal y cuestionamiento filosófico ya lo conocían los estoicos. Marco Aurelio escribía sus reflexiones existenciales en sus cuadernos personales, en medio de campañas militares. La filosofía nace a menudo de un choque con la realidad, no de un ocio tranquilo.
Recursos francófonos como pourquipourquoi.fr perpetúan esta tradición explorando las interrogantes del día a día con una mirada curiosa y documentada.

Angustia existencial y filosofía moderna: de Kierkegaard a Sartre
El giro se produce en el siglo XIX. Søren Kierkegaard, filósofo danés, es el primero en colocar la angustia en el centro de la reflexión sobre la existencia. Para él, la angustia no es una enfermedad. Es la consecuencia directa de la libertad humana: cada elección excluye todas las demás, y esta conciencia provoca vértigo.
Friedrich Nietzsche lleva el razonamiento más lejos con su famosa fórmula sobre la muerte de Dios. No habla de teología en el sentido estricto. Describe el colapso de un marco de sentido compartido en las sociedades occidentales. Sin este marco, cada uno debe construir sus propios referentes, lo que es a la vez liberador y agotador.
Jean-Paul Sartre, en el siglo XX, formaliza todo esto en el existencialismo. Su tesis se resume en una frase: la existencia precede a la esencia. En otras palabras, no hay una naturaleza humana predeterminada. Cada persona se define por sus actos. Esta idea, radical en su época, sigue siendo una de las más influyentes del pensamiento contemporáneo.
Por qué estas preguntas resurgen en tiempos de crisis colectiva
El vínculo entre cuestionamiento existencial y contexto social no es nuevo, pero hoy adquiere una dimensión particular. El JDD ha utilizado la expresión “fatiga existencial” para describir el clima francés ante la inminente cita política de 2027. Esta formulación va más allá de las interrogantes individuales sobre el sentido de la vida. Conecta las preguntas existenciales clásicas con una desilusión política y un sentimiento de estancamiento histórico.
No es la primera vez. La posguerra había producido el existencialismo sartreano. La actual crisis de sentido, alimentada por la incertidumbre climática y la desconfianza hacia las instituciones, genera un retorno masivo hacia la filosofía en el espacio público. Filosofía Magazine, por ejemplo, ha celebrado sus veinte años cambiando su formato, señal de que la demanda por este tipo de contenido no disminuye.
Preguntas existenciales y salud mental: un nuevo campo de investigación
Durante mucho tiempo, las crisis existenciales (pérdida de sentido, sentimiento de vacío, angustia ante la muerte) eran competencia exclusiva de la filosofía o la espiritualidad. Este compartimentado está cambiando.
La Fundación FondaMental, especializada en trastornos psiquiátricos, trabaja para identificar marcadores biológicos que ayuden a comprender mejor por qué un tratamiento funciona en un paciente y falla en otro. Este enfoque, llamado psiquiatría de precisión, integra las manifestaciones de crisis existenciales en un marco biomédico. La pérdida de sentido se convierte en un síntoma medible, no solo en un tema de disertación.
Carl Gustav Jung había abierto el camino en el siglo XX al integrar la búsqueda de sentido en su práctica clínica. Consideraba que la segunda mitad de la vida estaba naturalmente orientada hacia preguntas de significado y trascendencia. La diferencia hoy es que la investigación busca herramientas concretas para acompañar estas transiciones.
Lo que la sofrología y los enfoques complementarios aportan
Paralelamente al campo médico, disciplinas como la sofrología ofrecen un acompañamiento práctico ante los cuestionamientos existenciales. Centros de formación, como el ESSA en Estrasburgo, forman a profesionales para trabajar en el anclaje corporal y ayudar a las personas en períodos de profunda duda.
El enfoque es diferente al de la filosofía o la psiquiatría. No busca responder a la pregunta “¿cuál es el sentido de la vida?”. Ayuda a atravesar el período en que esta pregunta se vuelve paralizante.

Ciencia, inteligencia artificial y retroceso de la creencia en Dios
Las grandes preguntas existenciales han encontrado durante mucho tiempo sus respuestas en la religión. La pregunta “¿por qué existimos?” recibía una respuesta clara en los monoteísmos: porque un creador lo quiso. Este marco de respuesta se está desmoronando progresivamente.
Varios factores contribuyen a este retroceso:
- Los avances científicos, que proporcionan explicaciones materiales a fenómenos que antes se atribuían a lo divino (origen del universo, mecanismos de la conciencia).
- La inteligencia artificial, que plantea nuevas preguntas sobre la especificidad humana: si una máquina puede razonar, crear, conversar, ¿qué nos distingue realmente?
- La secularización de las sociedades occidentales, que desplaza las preguntas existenciales del ámbito religioso al ámbito individual y terapéutico.
Este fenómeno no significa que las preguntas desaparezcan. Cambian de forma. En lugar de “¿por qué Dios permite el sufrimiento?”, la pregunta se convierte en “¿cómo construir sentido en un mundo sin relato común?”.
Las preguntas existenciales no desaparecen con la modernidad. Migran de un marco a otro, de la religión a la filosofía, de la filosofía a la psiquiatría, de la psiquiatría a la inteligencia artificial. Lo que permanece constante es la necesidad humana de formular estas interrogantes, incluso sin garantía de obtener una respuesta definitiva.